Nosferatu: La soledad del monstruo

De todos los vampiros, literarios y cinematográficos que conozco, sólo el viejo Nosferatu de Murnau (Alemania, 1922) ha sido capaz de despertar mi compasión. Basada en la novela de Bram Stoker y con guion de Henrik Galeen, la película “Nosferatu, una Sinfonía del Horror” es una de las que mejor reflejan lo que significa ser un monstruo.

Nosferatu, eine Symphonie des Grauens

El monstruo no es bueno ni malo. Ser un monstruo no es positivo ni negativo en sí mismo.

La diferencia entre la monstruosidad y la normalidad es una mera cuestión estadística:

Es normal aquello que entra dentro de la norma, es decir, que tiene las características mayoritarias en la naturaleza.

Es monstruoso aquello que tiene demasiadas propiedades que se apartan de la normalidad.

Por ello el monstruo es un ser anormal.

Y ser anormal tampoco es bueno ni malo, negativo o positivo, simplemente es un calificativo que describe lo que no sigue la norma.

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El conflicto entre normal y anormal, entre el monstruo y el resto de los seres, surge cuando se ven obligados a compartir un mismo espacio, porque el exceso de características que les diferencian no sólo les impide convivir sino que les enfrenta: para que uno de ellos sobreviva, el otro debe morir.

El vampiro está obligado a destruir al ser humano porque necesita su sangre para sobrevivir, como el león precisa de la carne de la cebra para alimentarse.

El ser humano necesita destruir al vampiro porque su proximidad es una seria amenaza para la supervivencia.

Ninguno de los dos es el “malo” de la película puesto que ambos se limitan a luchar por su supervivencia según les obligan las leyes naturaleza.

Nosferatu, eine Symphonie des Grauens

El monstruo, el vampiro, está condenado a la soledad a la vez que se ve obligado a buscar la proximidad con los seres humanos. Y el guionista Henrik Galeen y F.W.Murnau supieron reflejar muy bien esa soledad en la película Nosferatu, con ese pobre vampiro que vive aislado en su viejo castillo de los Cárpatos, sin nadie que le acompañe… que tiene que conducir él mismo su coche de caballos porque no tiene cochero… que sirve la cena a su invitado alegando que los criados están durmiendo, cuando sabemos que no puede tener criados… que pasa las noches solo y en vela, espiando tras la ventana lo que sucede en la casa de sus vecinos humanos…

Por eso, por esa soledad obligada y no escogida, Nosferatu me ha parecido siempre digno de compasión.

Cada vez que vuelvo a ver esta vieja película de Murnau y veo ese pobre monstruo, tan terriblemente feo, recorrer las calles vacías de la ciudad con su ataúd bajo el brazo, no puedo evitar sentir cierta ternura hacia él…

The Man In The High Castle: Una reflexión sobre la Guerra Fría

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Creada por el guionista Frank Spotnitz y producida por él mismo y por Ridley Scott, The Man in the High Castle (El Hombre en el Castillo), es una serie de Amazon basada en la novela del mismo título de Phillip K. Dick.

The Man In The High Castle es una ucronía, una reconstrucción ficticia de la historia utilizando situaciones hipotéticas.

El argumento se basa en la idea de que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial fueron los nazis y los japoneses y que gran parte del planeta quedó dividido en dos grandes bloques:  Uno perteneciente al III Reich y otro bajo el dominio de los Estados Japoneses del Pacífico. Entre ambos quedó una tercera parte llamada la Zona Neutral.

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En The Man In The High Castle los personajes no son “malos” o “buenos” completamente, ni son juzgados por su pertenencia a uno u otro bando. El espectador puede empatizar con John Smith, dirigente nazi pero excelente padre de familia y dispuesto a hacer lo que considera correcto, aunque le perjudique. O sentir simpatía por el ministro japonés de comercio, fiel a su país pero preocupado por los acontecimientos políticos que pueden llevar a una guerra en la que morirían millones de seres humanos.  O identificarse con la protagonista, Julianna, que trabaja para la Resistencia pero no duda en enfrentarse a sus compañeros para salvar la vida de personas que considera que se lo merecen como Joe Blake, el espía alemán; o Thomas, el adolescente nazi al que podrían matar sus correligionarios si descubren que tiene una enfermedad genética.

Asimismo, hay personajes negativos en el bando de los “buenos”: en la Resistencia no todos son idealistas que luchan por la libertad, también hay individuos de turbio pasado que aprovechan la coartada moral de “estar en el lado correcto” para dar rienda suelta a su instinto criminal.

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A pesar de lo que pueda parecer a simple vista, El Hombre del Castillo no especula sobre cómo sería una sociedad gobernada por los nazis y los japoneses, sino que utiliza esa hipótesis para distanciarse y reflexionar sobre la situación geopolítica de los primeros años de la década de los 60, cuando gran parte del mundo estaba divido en dos bloques: uno dominado por la Unión Soviética y el otro por los U.S.A. y existía una tercera zona relativamente “neutral” que era la Europa occidental.

Los dos bloques estaban enfrentados en lo que se llamó la Guerra Fría y la amenaza de que una confrontación bélica entre ambos destruiría gran parte del planeta, hizo que reprimieran a duras penas las ganas de eliminarse mutuamente.

La acción de The Man In The High Castle transcurre en 1962, año en el que Phillip K. Dick publicó la novela en la que se basa la serie. Y no es casual que el libro se publicara en octubre de 1962, mes en el que la Crisis de los Misiles entre Estados Unidos y la Unión Soviética tuvo lugar y momento en el que estuvo a punto de estallar la tercera guerra mundial.

The Man In The High Castle es una reflexión sobre la Guerra Fría.

Funciones dramáticas de los personajes

En un guion no puede haber elementos inútiles porque todo aquello que no ayude a contar la historia la dispersará y la volverá confusa, le hará perder fuerza, claridad y concentración.

Esto es especialmente importante cuando se trata de los personajes, ya que ellos son las piezas principales con las que el guionista monta ese rompecabezas que es un guion. Por lo tanto, no debe haber personajes inútiles.

¿Cómo sabemos que un personaje es inútil?

Es más sencillo de lo que puede parecer a primera vista: Si tenemos en cuenta que todo personaje debe cumplir una función dramática dentro de la historia, bastará con examinar nuestro guion y preguntarse qué función desempeña cada uno de ellos en la historia: aquel que no cumpla ninguna será un personaje inútil.

¿Cuáles son las funciones dramáticas de un personaje en un guion?

Existen cinco funciones dramáticas básicas:

  1. Contar la historia: Cuando el personaje, con sus acciones, con lo que dice, por cómo reacciona ante las situaciones en las que actúa, por las decisiones que toma y las consecuencias de éstas, nos ayuda a comprender el relato, hace que nos interesemos por lo que se nos cuenta y/o hace avanzar el argumento.
  2. Apoyar a un personaje principal: Cuando sirve para dar profundidad a otro personaje y nos ayuda a conocerlo mejor, a entender qué siente y por qué actúa de la manera en que lo hace.
  3. Comunicar el tema, supraidea o superobjetivo temático de la historia: Es decir, ayudar a entender al espectador la “moraleja” o la filosofía de la narración.
  4. Realizar acciones necesarias para que avance la trama: Si el protagonista sube a un taxi, tendrá que haber un taxista que conduzca; si el antagonista compra rifles en el mercado negro, será necesario que haya un traficante de armas que se los venda, etc.
  5. Añadir color y ambiente a la historia: Si el guion es la biografía de un boxeador, necesitaremos que aparezcan otros boxeadores, entrenadores, y gente que haga “sentir” al espectador que “está” en el mundo del boxeo; si el relato ocurre en la Prehistoria, serán precisos personajes característicos de esa época por su comportamiento, sus quehaceres o su forma de entender la vida que le den un “clima” prehistórico a la película.

Un personaje puede realizar varias de estas funciones dramáticas básicas, pero si no lleva a cabo ninguna, es un personaje inútil y por la tanto hay que eliminarlo.

Z Nation acabará convirtiéndose en serie de culto

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Z Nation es una serie de zombis producida por SyFy que despierta odios y amores a partes iguales: Sus detractores la acusan de ser una copia de The Walking Dead, de tener menos presupuesto que esta y de que sus efectos especiales dejan mucho que desear. Sus defensores alegan que tiene más acción y es más divertida que TWD. Ambos grupos tienen razón.

Los creadores de Z Nation son Craig Engler y Carl Schaefer y ambos tienen experiencia en zombis y temas semejantes: Craig Engler es el autor del guion de las tv movies Apocalipsis Zombi (Zombi Apocalypse) y La Furia del Yeti (Rage of the Yety) y Carl Schaefer trabajó como guionista en La Zona Muerta (The Dead Zone) y Entre Fantasmas (Ghost Whisperer).

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La acción de Z Nation se sitúa tres años después del apocalipsis zombi, cuando un grupo de supervivientes deben cruzar Estados Unidos, desde Nueva York a California, con un presidiario cuya sangre parece ser portadora de una posible vacuna anti zombi. El presidiario, Murphy, es poco colaborador y la convivencia con él no es fácil.

Esta es la excusa para mantener a los personajes en movimiento constante mientras luchan contra zombis, bandas de delincuentes, sicarios mexicanos, grupos de supervivientes, mutantes y… cualquier cosa que se le pueda ocurrir a uno.

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Si buscas una serie profunda que haga reflexionar, o que tenga una estética “artística” Z Nation no te va a gustar. Tampoco te agradará si eres de los que piden una línea argumental sólida, porque en esta serie el guion es cada vez más loco.

Pero, precisamente, la locura de su guion (que va en aumento a medida que transcurren las temporadas) y las situaciones cómicas en las que a veces se encuentran sus personajes es lo que les gusta a sus seguidores.

Z Nation no es una obra maestra ni pretende serlo pero es divertida y está llena de acción. Apostaría algo a que acabará convirtiéndose en serie de culto.