Suspense (The Innocents): Lo más importante es lo que no se dice

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Producida y dirigida por Jack Clayton en 1961, “The Innocents” ( titulada “Suspense” en España y “Posesión Satánica” en Hispanoamérica) es una película ambigua y sugerente, con un rico subtexto y en la que lo más importante de la historia es lo que no se dice, lo que sólo se insinúa.

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Una mansión rural aislada en Essex (Inglaterra); una niña de 8 años, Flora (Pamela Franklin), que disfruta viendo cómo una araña devora a una mariposa; un niño de 10 años, Miles (Martin Stephens), que ha sido expulsado del colegio por algún extraño motivo del que no quiere hablar; una vieja criada que ha sido testigo de sucesos “inapropiados” acaecidos en la casa; la relación enfermiza y repleta de sexo y malos tratos de dos antiguos criados muertos en extrañas circunstancias… y una joven institutriz, Miss Giddens (Deborah Kerr), cuyo primer empleo consiste en encargarse de la educación de los dos pequeños. Estos son los ingredientes de “Suspense”, una adaptación de la novela de Henry James “The Turn of the Screw” (La Vuelta de Tuerca) con guion de Truman Capote, William Archibald y John Mortimer.

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“Suspense” tiene los elementos necesarios para ser un melodrama al estilo de los escritos por las hermanas Bronte o por Jane Austen: los pequeños huérfanos, la joven e inexperta institutriz, el tío y tutor de los niños, soltero y amante de la buena vida, la criada fiel y cariñosa… pero este envoltorio esconde en su interior una historia de fantasmas, alusiones sexuales, violencia insinuada y terror psicológico.

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“The Innocents” comienza en un mundo cotidiano, supuestamente normal y seguro, que poco a poco se va convirtiendo en un universo peligroso, lleno de sombras y lugares amenazantes, de situaciones equívocas y morbosas, de espacios oscuros y laberínticos…

Como laberíntico es también su argumento en el que unos niños aparentemente inocentes e ingenuos se sienten atraídos por la muerte y el dolor ajenos; una institutriz insegura se debate entre el deseo de proteger a sus pupilos y el sentimiento de culpa por sospechar que quizá esos niños poseen rasgos de perversión más propios de un adulto libertino y psicópata que de alguien de su corta edad; y unos fantasmas (no sabemos si reales o imaginados por Miss Giddens) se convierten en los antagonistas de la narración.

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